lunes, 1 de septiembre de 2014

El Buscavidas (The Hustler)

Año: 1961

Director: Robert Rossen.

Guión: Robert Rossen y Sidney Carroll; basado en la novela de Walter Tevis.

Música: Kenyon Hopkins.

Fotografía: Eugene Schüfftan.

Género: Drama.

Reparto: Paul Newman, Jackie Gleason, George C. Scott, Piper Laurie, Myron McCormick, Murray Hamilton, Vincent Gardenia, Michael Constantine.


El Buscavidas: Nacido para perder

El Buscavidas es una de las mejores películas rodadas por Robert Rossen, director, guionista y productor norteamericano de ascendencia rusa. Basada en la obra homónima de Walter Tevis, es la historia de un jugador de billar americano que pasa de ser un perdedor sin cerebro a un perdedor con temperamento, pero con el corazón roto.

Rossen, que estuvo afiliado en su juventud al Partido Comunista(lo cual le acarreó estar un tiempo alejado de la industria a pesar de haber dejado el partido), siempre se preocupó por el carácter social y de denuncia de sus obras, tanto las teatrales como cinematográficas y porque sus personajes fueran profundos y realistas. Gustaba, además, de las adaptaciones a la gran pantalla, puesto que muchos de sus títulos tienen raíces literarias: El Político, Toros Bravos y la gran Lilith entre otros.

Director de complejos dramas y creador de personajes atormentados y dispuestos a hacer todo lo posible por conseguir sus objetivos, Rossen trabajó la mayor parte de su vida fuera de Estados Unidos, aunque fueron precisamente las rodadas en suelo americano las obras que mejor resultado cinematográfico le dieron.

El Buscavidas cosechó un gran éxito de crítica y público y es uno de los grandes títulos de cine clásico. Ganó dos Oscars de nueve nominaciones y un Bafta a la Mejor Película entre otros premios. Su protagonista, el mítico Paul Newman, consiguió además varias nominaciones por su fantástico trabajo como Eddie Felson.  

No todo en la vida es talento

El Buscavidas narra la caída de un pequeño hombrecillo que se creía gigante: Eddie “Relámpago” Felson, un jugador de billar que se gana la vida apostando (timando) en las mesas junto a su socio Charlie, va en busca del mayor reto de su carrera: El Gordo de Minnesota, el rey del billar y de la contención emocional. Su billete hacia la estación del Ganador.

 Azuzado por las partidas ganadas, por la codicia y el  J.T.S. Brown, Eddie acaba más hundido que nunca tras 25h de juego ininterrumpido.  Arruinado y avergonzado, huye de su compañero, al que desprecia constantemente y acaba conociendo a la joven y perdida Sarah, tan pequeña como él y a la vez treinta veces más grande. Su atípica historia de amor, que para Sarah es como una clínica de rehabilitación con un final desgraciado, para Eddie no es más que otra cosa a ignorar, otra cosa a perder… para no “perder” la costumbre. 


   
Paul Newman supo captar la arrogancia, el miedo y la culpabilidad de un Eddie sediento de éxito y de whiskey. Precisamente, si hubiera algo que destacar de Eddie, es su falta de valor: ansía ganar de forma absoluta y a la vez parece darle miedo el ser una estrella, por lo que se autoboicotea constantemente; ama a Sarah(la fantástica Piper Laurie, en uno de los personajes femeninos más complejos y mejor construidos de la Historia del Cine), pero a su vez la teme, teme sentirse encadenado y no se da cuenta de que lo está desde el principio.

Otra de las características principales de Eddie es su temperamento explosivo. Es algo que Gordon le echa en cara, le dice que eso es lo que lo hace un perdedor. Lo único que el Gordo necesitó para vencer a Eddie fue paciencia. Constantemente vemos como pierde los nervios, cómo trata mal a Sarah sin razón y cómo la bebida, desde el minuto uno, lo anula por completo. Pero ni siquiera el mínimo de templanza que parece alcanzar tras recuperarse de la paliza en la que le parten las manos es suficiente para salvar su alma.

Ha de suicidarse Sarah para que Eddie se dé realmente cuenta de lo cobarde que ha sido. Ese último punto de inflexión parece abrirle los ojos y lo obliga a tomar las riendas de su vida. Bert Gordon, su inversor sin alma, es el que realmente lo ha empujado a esa situación extrema y el que, a través de sus constantes dardos hacia Eddie y Sarah, ha precipitado su renacimiento cual ave fénix.

El cine como espejo de la realidad

Esa culpabilidad profunda y desgarradora que sufre Eddie, que lleva a Sarah a la bebida y que Gordon intenta evitar a toda costa, es un fiel reflejo de la de Rossen, obligado a vender su alma al diablo para no perder lo que más amaba y lo que le daba de comer: el cine. Rossen tuvo que delatar a algunos de sus compañeros al Comité de Actividades Antiamericanas, que lo persiguió durante años, pero su voz no acabó con la huída, sino que inició otra que se reflejó de forma obsesiva en sus personajes: la mayoría tan “faltos de escrúpulos” como se veía él.

El Buscavidas es un escaparate de las miserias humanas bien orquestado, armónico y montado con exquisitez, haciendo gala de unos conocimientos técnicos excepcionales a través de las elipsis bien usadas y de una consecución de planos bien organizados.  



Tanto Rossen como Tevis vivieron una parte de su vida unida a este peculiar universo de bolas de colores llamativos  y dedos azules; se enamoraron de él y por ello quisieron mostrar al mundo sus bondades y su oscuridad más profunda.

El mundo del billar, tal y como lo vemos representado en la película, pocas veces ha sido llevado a la gran pantalla. Destaca la continuación de El Buscavidas, dirigida por Martin Scorsese: El Color del Dinero(1986), que cuenta de nuevo con la participación de Paul Newman, al que se le une Tom Cruise. Sin embargo, Hollywood sí cuenta con un nutrido grupo de películas basadas en el juego y las apuestas: El Golpe(1973), The Big Blind(1999), Casino(1995) y muchas otras.

El antihéroe

El Buscavidas es y seguirá siendo una película de culto por muchísimos factores, pero sobre todo por el atractivo de sus personajes, esos antihéroes que están tan de moda. El mundo ya no quiere la perfección que nunca podrá alcanzar; la gente quiere ver que hay quien vive peor, siente más destructivamente y sufre más. La sociedad de hoy está tan desilusionada como aquella de la posguerra y tiene tanto de que avergonzarse o incluso más.


 Hay que recordar a esas mentes quietas y a las inquietas que no están tan lejos de ese Eddie Felton y que, tan rápidamente como él, pueden caer en la desgracia más absoluta si no tienen, al menos, un mínimo de principios. 

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