Año: 1961
Director: Robert
Rossen.
Guión: Robert
Rossen y Sidney Carroll; basado en la novela de Walter Tevis.
Música: Kenyon
Hopkins.
Fotografía: Eugene
Schüfftan.
Género: Drama.
Reparto: Paul Newman, Jackie Gleason, George C. Scott,
Piper Laurie, Myron McCormick, Murray Hamilton, Vincent Gardenia, Michael
Constantine.
El Buscavidas: Nacido
para perder
El Buscavidas es
una de las mejores películas rodadas por Robert Rossen, director, guionista y
productor norteamericano de ascendencia rusa. Basada en la obra homónima de
Walter Tevis, es la historia de un jugador de billar americano que pasa de ser
un perdedor sin cerebro a un perdedor con temperamento, pero con el corazón
roto.
Rossen, que estuvo afiliado en su juventud al Partido
Comunista(lo cual le acarreó estar un tiempo alejado de la industria a pesar de
haber dejado el partido), siempre se preocupó por el carácter social y de
denuncia de sus obras, tanto las teatrales como cinematográficas y porque sus
personajes fueran profundos y realistas. Gustaba, además, de las adaptaciones a
la gran pantalla, puesto que muchos de sus títulos tienen raíces literarias: El Político, Toros Bravos y la gran Lilith entre otros.
Director de complejos dramas y creador de personajes atormentados
y dispuestos a hacer todo lo posible por conseguir sus objetivos, Rossen
trabajó la mayor parte de su vida fuera de Estados Unidos, aunque fueron
precisamente las rodadas en suelo americano las obras que mejor resultado
cinematográfico le dieron.
El Buscavidas
cosechó un gran éxito de crítica y público y es uno de los grandes títulos de
cine clásico. Ganó dos Oscars de nueve nominaciones y un Bafta a la Mejor
Película entre otros premios. Su protagonista, el mítico Paul Newman, consiguió
además varias nominaciones por su fantástico trabajo como Eddie Felson.
No todo en
la vida es talento
El Buscavidas
narra la caída de un pequeño hombrecillo que se creía gigante: Eddie “Relámpago”
Felson, un jugador de billar que se gana la vida apostando (timando) en las
mesas junto a su socio Charlie, va en busca del mayor reto de su carrera: El
Gordo de Minnesota, el rey del billar y de la contención emocional. Su billete
hacia la estación del Ganador.
Azuzado por las
partidas ganadas, por la codicia y el J.T.S. Brown, Eddie acaba más hundido que
nunca tras 25h de juego ininterrumpido. Arruinado
y avergonzado, huye de su compañero, al que desprecia constantemente y acaba
conociendo a la joven y perdida Sarah, tan pequeña como él y a la vez treinta
veces más grande. Su atípica historia de amor, que para Sarah es como una
clínica de rehabilitación con un final desgraciado, para Eddie no es más que
otra cosa a ignorar, otra cosa a perder… para no “perder” la costumbre.
Paul Newman supo captar la arrogancia, el miedo y la
culpabilidad de un Eddie sediento de éxito y de whiskey. Precisamente, si
hubiera algo que destacar de Eddie, es su falta de valor: ansía ganar de forma
absoluta y a la vez parece darle miedo el ser una estrella, por lo que se
autoboicotea constantemente; ama a Sarah(la fantástica Piper Laurie, en uno de
los personajes femeninos más complejos y mejor construidos de la Historia del
Cine), pero a su vez la teme, teme sentirse encadenado y no se da cuenta de que
lo está desde el principio.
Otra de las características principales de Eddie es su
temperamento explosivo. Es algo que Gordon le echa en cara, le dice que eso es
lo que lo hace un perdedor. Lo único que el Gordo necesitó para vencer a Eddie
fue paciencia. Constantemente vemos como pierde los nervios, cómo trata mal a
Sarah sin razón y cómo la bebida, desde el minuto uno, lo anula por completo.
Pero ni siquiera el mínimo de templanza que parece alcanzar tras recuperarse de
la paliza en la que le parten las manos es suficiente para salvar su alma.
Ha de suicidarse Sarah para que Eddie se dé realmente cuenta
de lo cobarde que ha sido. Ese último punto de inflexión parece abrirle los
ojos y lo obliga a tomar las riendas de su vida. Bert Gordon, su inversor sin
alma, es el que realmente lo ha empujado a esa situación extrema y el que, a
través de sus constantes dardos hacia Eddie y Sarah, ha precipitado su
renacimiento cual ave fénix.
El cine
como espejo de la realidad
Esa culpabilidad profunda y desgarradora que sufre Eddie,
que lleva a Sarah a la bebida y que Gordon intenta evitar a toda costa, es un
fiel reflejo de la de Rossen, obligado a vender su alma al diablo para no
perder lo que más amaba y lo que le daba de comer: el cine. Rossen tuvo que
delatar a algunos de sus compañeros al Comité de Actividades Antiamericanas,
que lo persiguió durante años, pero su voz no acabó con la huída, sino que
inició otra que se reflejó de forma obsesiva en sus personajes: la mayoría tan “faltos
de escrúpulos” como se veía él.
El Buscavidas es
un escaparate de las miserias humanas bien orquestado, armónico y montado con exquisitez,
haciendo gala de unos conocimientos técnicos excepcionales a través de las
elipsis bien usadas y de una consecución de planos bien organizados.
Tanto Rossen como Tevis vivieron una parte de su vida unida
a este peculiar universo de bolas de colores llamativos y dedos azules; se enamoraron de él y por ello
quisieron mostrar al mundo sus bondades y su oscuridad más profunda.
El mundo del billar, tal y como lo vemos representado en la
película, pocas veces ha sido llevado a la gran pantalla. Destaca la
continuación de El Buscavidas,
dirigida por Martin Scorsese: El Color
del Dinero(1986), que cuenta de nuevo con la participación de Paul Newman,
al que se le une Tom Cruise. Sin embargo, Hollywood sí cuenta con un nutrido
grupo de películas basadas en el juego y las apuestas: El Golpe(1973), The Big Blind(1999),
Casino(1995) y muchas otras.
El
antihéroe
El Buscavidas es y
seguirá siendo una película de culto por muchísimos factores, pero sobre todo
por el atractivo de sus personajes, esos antihéroes que están tan de moda. El
mundo ya no quiere la perfección que nunca podrá alcanzar; la gente quiere ver
que hay quien vive peor, siente más destructivamente y sufre más. La sociedad
de hoy está tan desilusionada como aquella de la posguerra y tiene tanto de que
avergonzarse o incluso más.
Hay que recordar a
esas mentes quietas y a las inquietas que no están tan lejos de ese Eddie
Felton y que, tan rápidamente como él, pueden caer en la desgracia más absoluta
si no tienen, al menos, un mínimo de principios.











