martes, 22 de abril de 2014

Un Corazón en Invierno

Ficha Técnica: 

Título original: Un Coeur en Hiver
Año: 1992
Director: Claude Sautet 
Guión: Claude Sautet, Jacques Fieschi y Jérôme Tomerre
Música: Maurice Ravel
Director musical: Philippe Sarde
Fotografía: Yves Angelo
Reparto: Emmanuelle Béart, Daniel Auteuil, André Dussollier, Brigitte Catillon, Maurice Garrel, Myriam Boyer, Elizabeth Bourgine, Stanislas Carré de Malberg, Jean-Luc Bideau. 



“La música es el corazón de la vida”, Franz Liszt.

“Un corazón en invierno” es  una reflexión sobre las diversas formas de vivir el amor bajo un mismo manto: el de la música, lenguaje universal que hace sentir hasta al más distante de los corazones.

Stéphane es un entregado empleado y “amigo” de Maxime, que posee un negocio familiar de venta y reparación de instrumentos de cuerda, sobre todo violines.  Maxime le confiesa que se ha enamorado de una joven y hermosa música llamada Camille, con la que empieza una relación. Al principio la indiferencia predomina en sus encuentros, pero poco a poco ella comenzará a sentirse atraída por el silencioso Stéphane, creando una fantasía a su alrededor que acabará estallando como una pompa de jabón.

Sautet se nos presenta como un autor dedicado, cuidadoso y sobre todo muy sensible. La película tiene ese toque elegante que caracteriza a los franceses y que resulta tan envidiable como digno de elogio. Siguiendo la estela de la mayor parte de su filmografía, continúa teniendo el amor en su punto de mira, mostrándolo en sus múltiples facetas y preguntándose si realmente somos capaces de escoger o no el sentirlo.

Con esta obra tan magistralmente orquestada, Sautet ganó el León de Plata en el Festival de Venecia entre otros premios y muchos la consideran su obra maestra. Lo cierto es que las piezas encajan tan bien como la de los violines de Stéphane: tanto el gran Daniel Auteuil como la preciosa Emmanuelle Béart están fantásticos en la piel de sus respectivos personajes; él, como un violinista frustrado( o tal vez cobarde) convertido en remendador, frío, distante, cínico y que se quiere demasiado a sí mismo(o tal vez demasiado poco) y ella, joven, hermosa, con mucho talento y llena de emociones contenidas, que la arrastran hacia el fondo como si tuviera una gigantesca piedra atada a la cintura cuando las libera.

Forman una pareja peculiar entre la que corre la química como un río de lava porque, aunque Stéphane se lo niegue a sí mismo todo el rato, Camille tiene razón: él la quiere, quiere estar con ella, pero le puede su zona de confort, le pueden las costumbres. Ha estado tanto tiempo negándose a vivir que ahora es realmente incapaz de hacerlo, incapaz de tomar lo que la naturaleza le ofrece. Está insensibilizado, helado, de ahí el nombre de la película: su corazón está sumido en un invierno profundo, está cubierto de nieve y totalmente muerto.


La forma de vivir el amor de todos los personajes en el filme es concreta, variada, un fiel retrato del sentir humano. El abanico de posibilidades va desde el amor materno-filial que parecen compartir Camille y su agente hasta la fantasía amorosa, el amor no correspondido y el amor altruista, que es capaz de liberar a la otra persona a pesar de su propio dolor.

Y destacando por encima de todo está la música, esa banda sonora magistral compuesta por Ravel y tan bien escogida por el director musical Philippe Sarde. Esta es una de las pocas películas que realmente transmite, para mi gusto, con una claridad meridiana las emociones y los estados de ánimo de los personajes. Guía con sutileza y a la vez fuertemente el filme, llevándonos a la melancolía, a la rabia, a la desesperación desde las cuerdas del violín de Camille. Es la forma más clara que tiene de expresarse, es su mejor voz y a la vez la que más le cuesta sacar cuando está nerviosa. Necesita calma absoluta para liberar sus sentimientos.

Los silencios, tan bien insertados, son a veces más elocuentes que los propios diálogos, terminando de encajar en el conjunto con precisión milimétrica.

La música es el rasgo más característico de la película y lo que la hace, según mi criterio y junto con la soberbia interpretación de los actores, una obra maestra. Historias de amor hay cientos, miles, de todas las formas y colores, pero una tan abierta y desgarradora solo se puede ver redondeada por algo tan fantástico e incomprensible como la música. 

viernes, 4 de abril de 2014

La Felicidad de los Katakuri o como hacer zumo mental

Título original: Katakuri-ke no Kôfuku
Año: 2001
Director: Takashi Miike
Guión: Kikumi Yamagishi
Música: Kôji Endô, Kôji Makaino
Fotografía: Hideo Yamamoto
Reparto: Kenji Sawada, Keiko Matsuzaka, Shinju Takeda, Naomi Nishida, Kiyoshiro Imawano, Tetsuro Tamba, Kenichi Endo, Tokitoshi Shiota, Yoshiyuki Morishita.

Un batido especial de digerir

Fascinación y repugnancia a partes iguales es lo que me produce este filme de Takashi Miike, maestro de la casquería y del bizarrismo más extremo.

Caracterizado por su gran número de obras en un breve lapso de tiempo(más de 60 películas en 15 años) y por ser odiado y admirado a partes iguales, La Felicidad de los Katakuri entra también dentro de esa dicotomía para el espectador.

Las peripecias de esta familia que, por casualidades de la vida, acaba abriendo un hostal en medio de ninguna parte, nos llevará por un viaje repleto de muertes absurdas, tétricos episodios de animación en stop motion y momentos musicales en los que no faltarán los zombies y los volcanes en plena erupción.


El humor negro que desprende la película es fantástico para los amantes de dichas emociones, pero personalmente me hizo sufrir a ratos y morirme de asco con el diablillo inicial(entre otras cosas). Sin embargo, no se puede negar que es una película ingeniosa donde las haya, totalmente diferente a lo habido y por haber y una crítica curiosa a los elementos más adorados por los japoneses: el anime, los idols, el karaoke y los luchadores de sumo.

Se podría decir que esa primera secuencia de la sopa, el diablillo, los sucesivos asesinatos(o devoramientos, mejor dicho) y demás sucesos poco agradables son una metáfora de los problemas que irá sufriendo la familia más adelante y que, unidos unos con otros, cada vez se hacen más grandes. Espero que sea así, porque de otra forma no me encaja algo tan gratuito en la película… Salvo, claro está, que recordemos quién es su director, el gran amante del sí porque sí.

El ambiente general, colorido, alegre y lleno de sobreactuaciones crea un universo divertido y feliz a pesar de los problemas cada vez mayores de los protagonistas, que cantan sus demonios y alabanzas aleatoriamente con un mezcliche que, sorprendentemente, no queda tan mal y la película, aunque se hace un poco tonta, no es del todo difícil de ver.

Parece que, entre tanto color y destellos de ordenador, entre tantas canciones y momentos aparentemente absurdos, pretende enviar un mensaje: la importancia de la familia, que siempre estará para lo bueno y para lo malo, pase lo que pase y por ello hay que mantenerse unidos. Sencillamente precioso. Para que no se diga que se dejó todas las cosas bonitas en el cubo de la sangre falsa.

También cabría destacar los escasos momentos de reflexión de la niña, para mi gusto el personaje más adorable(sobre todo porque apenas habla) y aquel casi último momento de la película, antes de reinventar Sonrisas y Lágrimas, en el que se confiesa que el abuelo morirá poco después, casi arrancándonos una tímida lagrimita que se secará cual Sáhara con el posterior y final número musical.



En resumen: bravo por el que la vea y le guste. Recomendada para los amantes del cine más rocambolesco y para los grandes fans de Miike. Aquellos que prefieran el cine más tradicional(como una servidora), pueden ahorrársela salvo que quieran aumentar su currículum y ponerse un pin.  

miércoles, 2 de abril de 2014

FRESAS SALVAJES: Nunca es demasiado tarde


Equipo técnico

Dirección y guión: Ingmar Bergman
Producción: Allan Ekelund
Música: Erik Nordgren
Foto: Gunnar Fischer
Montaje: Oscar Rosander
Escenografía: Gittan Gustafsson



LAS FRESAS DEL PARAÍSO

Una película sobre recuerdos hecha para recordar.

Eso es lo primero que podríamos decir de esta magnífica obra de Bergman, cuyo título evoca para el pueblo escandinavo un lugar mejor, un lugar feliz que el personaje parece reconocer en sus años de vejez y al que aspira volver a llegar.

A caballo entre la realidad y los sueños, entre el presente y el recuerdo, Bergman nos lleva, de la mano del profesor Isak Borj, de viaje por una vida nula, una vida no vivida que clama por un poco de frescor.

Nuestro protagonista, un anciano que se prepara para recibir un homenaje por su trayectoria como doctor en la Universidad de Lund, tras soñar la noche antes del evento con su propio cadáver, decide viajar en coche hasta la ciudad vecina, acompañado por su nuera. Será un viaje que lo sumirá en los recuerdos tras parar en la casa donde pasó los veranos de su infancia y juventud: rememorará su primer amor(su prima Sara, la recolectora de fresas salvajes), recogerán a tres autoestopistas que lo ayudarán en su viaje personal y se reconvertirá, tras darse cuenta de los errores de su vida, en una persona mejor y más amable.



Escrita mientras el autor estaba hospitalizado y estrenada en 1957(el mismo año que el autor llevó a la gran pantalla El Séptimo Sello), estuvo nominada a un Oscar al mejor guión original y fue ganadora de un Oso de Oro en el Festival de Berlín. Es considerada una de las mejores obras del autor y recoge muchos de los temas que Bergman desarrolló a lo largo de toda su filmografía, desde 1947 hasta 2003.

Autor de costumbres, vemos el nombre de la mayoría del reparto de esta película en muchas otras de sus obras: Bibi Andersson(El Rostro), Ingrid Thulin(El silencio), Gunnar Björnstrand(Los Comulgantes), Victor Sjöström(Hacia la Felicidad) y Björn Bjelvenstam(Sonrisas de una Noche de Verano); con algunos es la primera vez que trabaja, pero otros ya eran veteranos a las órdenes de Bergman. Un reparto magistral sin duda, en el que me llama la atención la efusividad de las mujeres, protagonistas indiscutibles de las obras de Bergman: los grandes aspavientos, la expresividad de la cara, la gran dramatización de los acontecimientos es algo que no acostumbro a ver pero que resulta refrescante(comportamientos característicos de las mujeres de la familia del profesor y de la joven Sara autoestopista). Pero también las hay contenidas, distantes y estas son, a mi parecer, las mejores interpretaciones del filme, destacando a Ingrid Thulin como la nuera de Borj y a Gertrud Fridh como su esposa. Tampoco podemos olvidar a una fantástica Naima Wifstrand como una madre distante y una anciana poco común. 



Bergman es un hombre preocupado por las relaciones personales, sobre todo las de pareja y las analiza a lo largo de sus películas desde diversos puntos de vista; sus preferidas parecen ser las parejas caóticas: aquellas que se aman de forma tóxica, los triángulos amorosos o, directamente, los matrimonios infelices. Vemos todas estas variantes en la película: en la pareja que se insulta todo el tiempo, en la joven autoestopista que viaja acompañada de dos chicos y en el fracaso del matrimonio del profesor Borj. Parece que su nuera y su hijo son infelices también, están a punto de separarse por la negativa del marido a tener hijos, pero por una vez el amor triunfa y finalmente se reconcilian.

Este momento coincide también con la toma de conciencia de Isak de sus “pecados”. Tras estar en un estado de tensión constante a lo largo de la película, tras tanta incertidumbre, parece que al fin tiene un momento de epifanía y decide acabar con la seriedad, con el frío de su corazón, con la indiferencia, para retomar el contacto verdadero con las personas que quiere y que están a su alrededor. Es un momento de alivio para el espectador, que llega a encariñarse y a sentir pena por este.

Cabe destacar que Bergman fue hijo de un Pastor luterano, por lo que su educación fue principalmente religiosa. A pesar de ello fue capaz de crearse su propia opinión sobre la existencia de Dios y la religión en sí y esa dicotomía se ve reflejada en los dos autoestopistas que acompañan a Sara, uno de ellos dispuesto a entran en el seminario y el otro amante de la música y de la vida. Podemos ver la figura del director reflejada en la muchacha, que no sabe entre cual de los dos escoger.

 El uso cuidadoso de luces y sombras para remarcar personajes y situaciones da lugar a imágenes limpias, con algunos toques expresionistas en los momentos de sueño y con una sencillez realista y dentro de lo común durante los períodos de lucidez.   



Lo cierto es que, siendo la primera obra de Bergman que veo, la sorpresa ha sido muy agradable: aunque la acción es más bien pausada, no se pierde el ritmo ni el interés en ningún momento. La historia es sencilla, de una claridad emocional perfecta, aunque me pregunto si en la vida real ese profesor hubiera cambiado verdaderamente, puesto que ya se sabe que el ser humano es un animal de costumbres y que, cuanto más mayores somos, más trabajo nos cuesta variar nuestras rutinas y nuestro pensamiento.